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Galardonado con el Premio Medioambiental Goldman 2010 para las Islas y Naciones Isleñas

HUMBERTO RÍOS LABRADA
La Habana, Cuba

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Humberto Ríos Labrada, científico e investigador en biodiversidad, trabajó con agricultores para ampliar la diversidad de los cultivos y desarrollar sistemas agrícolas de bajos insumos, alentando el cambio en la agricultura cubana: de la químico-dependencia a la sostenibilidad.

Legado agrario
La historia de Cuba se halla íntimamente ligada a su suelo fértil, sus abundantes lluvias y un clima que favorece los cultivos. Antes de que los colonizadores españoles establecieran a finales del siglo XVIII algunas de las plantaciones más tristemente famosas del Nuevo Mundo, prosperaban en la isla pueblos indígenas que se beneficiaban de la fuente natural de alimentos que tenían a mano. El azúcar cubano impulsó la expansión del Nuevo Mundo. Fueron traídos a Cuba trabajadores españoles y esclavos africanos para trabajar en los cultivos, habiéndose destinado el territorio de la isla mayoritariamente a la producción de azúcar para su venta principalmente a Estados Unidos. La agricultura siguió siendo el motor clave de la economía cubana después de la independencia.

Durante más de treinta años, la Unión Soviética fue el principal socio comercial de Cuba. Con su larga historia agraria, Cuba desarrolló un sistema agrícola moderno basado en el uso de fertilizantes y pesticidas provistos por los principales países socialistas. Como lo hicieran muchos otros países durante la segunda mitad del siglo XX, Cuba adoptó una agricultura de monocultivo altamente mecanizada y dependiente de productos químicos que en un principio dio un alto rendimiento y redujo la necesidad de mano de obra, haciendo posible que el país se convirtiera en una fuente importante de caña de azúcar para sus socios comerciales. Cuba llegó en un momento a ser el primer consumidor per cápita de insumos agroquímicos en toda la América Latina. Si bien durante varias décadas el sistema sirvió para satisfacer las necesidades económicas del país, la utilización de productos químicos y la dependencia en el monocultivo no tardaron en incidir negativamente sobre gran parte de las tierras agrícolas de Cuba, es decir, aproximadamente el 30 por ciento de todo el territorio cubano. Más de la mitad de las tierras agrícolas se destinaba a la caña de azúcar. En lo que restaba, los agricultores cubanos no contaban con muchas opciones en cuanto a los cultivos o variedades que podían cultivar, ya que sólo disponían de una pequeña selección de semillas desarrolladas para dar un alto rendimiento en un sistema basado en el uso intensivo de fertilizantes y pesticidas. Así, gran parte del medio ambiente cubano se vio inundado de productos agroquímicos, poniendo en peligro la biodiversidad y eventualmente reduciendo el rendimiento de los cultivos. Con la caída del comunismo en Europa, Cuba perdió sus principales socios comerciales además de su poder adquisitivo y el acceso a fertilizantes y pesticidas. Ello resultó en la parálisis del sector agrícola y las consecuentes carestías de alimentos.

Frente a esta crisis, el gobierno repartió grandes parcelas de tierras cultivables a pequeñas cooperativas agrícolas. La necesidad obligó a los agricultores a cultivar de forma semiorgánica, con poco o ningún pesticida o fertilizante. Las cooperativas agrícolas recurrieron a la rotación de cultivos y al uso de insectos benéficos para obtener buenas cosechas. Como consecuencia de ello comenzaron a regenerarse los suelos en algunas de estas pequeñas granjas.

Futuro sostenible
Fue por esa época que Ríos, artista de música tradicional y aspirante al doctorado en ciencias agrícolas en el Instituto Superior Pedagógico para la Educación Técnica y Profesional, se encontró con este fenómeno cuando realizaba investigaciones en el campo. Al visitar granjas que no habían adoptado el modelo de monocultivo de la caña de azúcar, Ríos observó cómo los campesinos se valían de técnicas preindustriales, rotando cultivos y experimentando con la diversidad de semillas. Pudo ver cómo hacían ensayos con diferentes variedades de semillas de un cultivo particular y seleccionaban aquellas que más rendían naturalmente en un terreno determinado. Se dio cuenta de cómo en cada uno de estos sitios los pequeños agricultores estaban contribuyendo a una mayor e incipiente revitalización de la agricultura cubana. Observó que el método aplicado por estos campesinos, y por iniciativa de ellos mismos, se basaba en prácticas sostenibles y ecológicas. Reconoció en estas transformaciones emergentes oportunidades y posibles soluciones a la crisis agrícola y alimenticia de Cuba, y asumió el compromiso de extender la agricultura sostenible mediante la formación de grupos de experimentación campesina para el manejo de la agrobiodiversidad..

A finales de los noventa, Ríos y su equipo de jóvenes científicos trató de catalizar este tipo de experimentación campesina creando en toda la isla equipos de investigadores y profesores que establecerían con los agricultores centros para el aprendizaje de la agrobiodiversidad, extendiendo así la agricultura sostenible y los esfuerzos encaminados a mejorar la biodiversidad de las semillas.
Para él, esta labor tiene un gran potencial para mejorar la seguridad alimenticia de Cuba. Estimulando a los agricultores a seguir experimentando, Ríos ayudó a organizarlos para que colaboren entre sí en la promoción y mejora de la diversidad de los cultivos, compartiendo sus conocimientos y mejores prácticas, así como también sus semillas. Ríos impulsó la celebración de “ferias de semillas” en varias comunidades agrícolas por toda la isla —encuentros periódicos que fomentan el aprendizaje mutuo y el intercambio de semillas e información sobre la biodiversidad de los cultivos.

Al tiempo que durante más de diez años fungía oficialmente como profesor e investigador del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas, Ríos siguió trabajando con los agricultores, lenta y gradualmente ganándose la atención de los tomadores de decisiones cubanos y la comunidad internacional. En 2007, Ríos notó un cambio decisivo. Comenzó a sentar raíces su idea central: que los científicos agrícolas deben trabajar con y aprender de los campesinos cuyas familias han estado pasando de una generación a otra conocimientos tradicionales sobre la siembra de cultivos. Otros investigadores y altos funcionarios del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas comenzaron a tomar nota de los esfuerzos de Ríos y los resultados que éstos obtenían. Observaron que los agricultores ahora sembraban centenares de variedades de cultivos sin recurrir a pesticidas químicos. En comunidades que en otra época habían cosechado tan solo unas pocas variedades de cultivos, los agricultores ahora estaban cultivando muchas variedades de fríjol, arroz, maíz y otros productos. Aparte de aumentar la producción de alimentos, los métodos orgánicos contribuyeron a mejorar la sostenibilidad de la tierra. Hoy día, más de 50 mil agricultores participan en iniciativas que fomentan la biodiversidad de las semillas y aplican los métodos recomendados por Ríos y la red nacional de universidades e investigadores que apoyan la biodiversidad.

Como coordinador del Programa de Innovación Agraria Local (PIAL) del Instituto Nacional de Ciencias Agrícolas, Ríos ahora dedica su tiempo al desarrollo del sector de agricultura sostenible en Cuba y ha participado en México en proyectos similares de biodiversidad dirigidos por campesinos Frecuentemente usa su talento musical para promover la biodiversidad, con canciones que celebran la agricultura sostenible. Recientemente, el gobierno pidió a los cubanos aumentar la producción de alimentos en todo el país para revitalizar la economía del país. Ríos ve en esto una oportunidad para expandir aún más el trabajo que realiza.

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